¿Por qué los niños sienten apego por sus madres?

harry-harlowEn los años 50  la corriente psicológica dominante, el conductismo, consideraba que la conducta operaba en base a unas reglas muy sencillas: hacemos las cosas con más frecuencia porque ha habido un refuerzo positivo (recompensa) en el pasado o hacemos algo con menos frecuencia si se nos ha castigado. Las personas nos convertimos en máquinas que respondemos estímulos.

El científico Harry Halow, de la Universidad de Wisconsin, hizo un experimento para responder a la pregunta ¿Por qué los niños sienten apego por sus madres? Para la mayoría, de acuerdo al pensamiento de los conductivistas,  la respuesta era porque la madre proporciona el alimento al niño, entendiendo  que el alimento era el reforzamiento positivo para el apego.

Harlow quiso comprobar lo que todos daban por sentado. Crío unos monos sin la presencia de las madres y  les construyó dos “madres artificiales”. Una  de las falsas madres tenía una cabeza de mono hecha de madera y un torso formado por un tubo de tela metálica en medio del cual hay un biberón, esta madre daba de comer. La otra madre tenía una cabeza y torso similares y, en lugar de contener un biberón, el torso estaba envuelto en felpa. La mayoría de los científicos creían que los monos irían a la madre del biberón, porque el refuerzo del alimento sería mayor, pero todos los monitos eligieron la madre de felpa, aunque de ella no recibían ningún alimento.

Con esta prueba, Harlow demostró que los niños no quieren a su madre porque ésta les alimente sino no porque la madre también los quiere. Harlow dijo “No sólo de leche vive el hombre. El amor es una emoción que no hay que alimentar con leche”.

Este trabajo ha ayudado a entender que además del cuidado y la alimentación para que un niño crezca sano necesita afecto y amor. La ausencia de amor es uno de los agentes estresantes más dolorosos y sus efectos llegan hasta la edad adulta. Por ejemplo, una separación prolongada de la madre predispone a los niños a la depresión cuando llegan a adultos.

Fuente: el libro “¿Por qué las cebras no tienen úlcera?” de Robert M. Sapolsky

FacebookTwitterGoogle+Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *